No hay duda de que la energía es importante para muchos aspectos de nuestras vidas porque dependemos de ella para casi todo. Es más que una simple cuestión tecnológica e involucra a toda una cadena, que incluye un sector energético, que transforma y transporta la energía primaria en energía final para que un usuario la utilice como energía útil en un servicio energético.

Cuando tenemos una necesidad, se ha tenido que poner en marcha toda esa cadena para cubrirla. En nuestro entorno habitual, esa cadena nos viene dada y cuando surge una necesidad, simplemente, hacemos uso de ella. Pero si pensásemos desde cero, deberíamos empezar en el final, el servicio energético más conveniente, y analizar qué cadena es la más adecuada. Este segundo esquema de trabajo es el habitual en la cooperación al desarrollo.

Un proyecto típico de cooperación al desarrollo, en un País del Sur, con componente energética, podría consistir en facilitar a comunidades rurales el acceso a energías modernas. Esto permite un aumento de la prosperidad, a la par que un suministro energético más limpio y eficiente. Aquí, el papel de las energías renovables es clave, ya que, entre las esas energías modernas, se incluyen los combustibles derivados del petróleo, por ejemplo.

Pero no basta con que sean energías limpias y verdes. Queremos que la energía contribuya al progreso de las comunidades. Por eso es vital una labor de identificación de las necesidades, que esté centrada en las personas y, por lo tanto, con mecanismos de participación que permitan que un desarrollo autóctono de la comunidad, es decir, que no sea un tipo de desarrollo impuesto desde fuera. Y aquí es importante poner en valor el enfoque de género durante la identificación ya que la gestión del hogar suele recaer en las mujeres y por lo tanto el uso de la energía en el entorno doméstico. Todo ello, para conseguir una sostenibilidad ambiental, técnica, económica y social. Este es el abc de cualquier Organización No Gubernamental para el Desarrollo (ONGD).

La experiencia de estas ONGD nos dice un detalle muy llamativo: los problemas más fáciles de solucionar son los técnicos. En cambio, los que suelen arruinar un proyecto, son los problemas sociales. Ya que no se trata solo de que la fase de instalación se complete en plazo, presupuesto y con óptimo funcionamiento técnico, sino que esa instalación funcione a lo largo del tiempo, se gestione correctamente y sirva para contribuir al bienestar de la comunidad. En demasiadas ocasiones se ha visto que ejecuciones perfectas terminen en instalaciones abandonadas o impactos negativos, a priori, imprevistos.

Todas estas experiencias, ha llevado a esas ONGD a aprender, crear lazos con otros colectivos del Sur, desarrollar posicionamiento en materia de energética y traernos esas experiencias al Norte.

Nos hemos dado cuenta de que hay muchos sures en el Norte, de la misma forma que hay muchos nortes en el Sur. De ahí el apelativo de Sur Global para incluir a todas aquellas comunidades empobrecidas dentro de esos países que, antiguamente, se llamaban “industrializados” o, simplemente, “ricos”.

¿Y qué tiene que ver todo esto con La Corriente? Recapitulemos: hemos dicho que energía es importante para el desarrollo de una comunidad, que no nos vale con que haya suministro eléctrico, sino que favorezca un desarrollo sostenible, que debe haber una participación de la ciudadanía y que hay comunidades con importantes carencias en nuestro entorno. La pregunta no es qué pintamos en todo esto, sino que la pregunta correcta es cómo, La Corriente, en tanto que cooperativa eléctrica de la economía social y solidaria, puede contribuir al desarrollo comunitario.

Quiero recuperar un esquema muy utilizado por Ingeniería Sin Fronteras y que relaciona el desarrollo con los servicios energéticos:

El acceso a los servicios energéticos permite generar círculos virtuosos en las comunidades del Sur. Su pérdida, supone entrar en dinámicas negativas que suelen remitirse a la pobreza energética.

Las energías modernas pueden ser derivados del petróleo, accesibles en nuestro entorno, pero con claras implicaciones ambientales, tanto globales (cambio climático) como locales (ozono troposférico, altos valores de óxidos de nitrógeno, partículas). Generan dependencia y son causa de conflictos geopolíticos internacionales. Si en comunidades indígenas, el reto es dar un salto desde las energías tradicionales a energías modernas limpias (Energías Renovables), en nuestra sociedad, el reto es acelerar la transición para huir de las energías modernas “sucias”.

Pero sigue habiendo un reto común a las comunidades o barrios, ya sean del Sur o del Norte: cómo conseguir que ese desarrollo no sea impuesto y que permita incrementar las capacidades y bienestar de sus ciudadanos.

No se trata, por lo tanto, de conseguir vender un producto. Tampoco se trata de diseñar un plan de desarrollo desde un organismo ‘experto’. Y por último, es importante resaltar que es fundamental que el plan funcione.

Las cooperativas eléctricas, en particular, y las empresas de la economía social y solidaria, en general, pretendemos, no solo ser viables económicamente, sino favorecer una transformación social que mejore nuestro entorno. Esto nos obliga a desplegar una estrategia de transformación positiva sobre nuestro entorno y para ello, las estrategias utilizadas por las ONGD suponen una buena experiencia: identificación de necesidades, centrarse en las personas, mecanismos de participación, etc.

En nuestro entorno del Norte, estamos acostumbrados a que el sector energético esté liderado por las grandes compañías. La transición energética es inevitable y estas compañías llevan tiempo invirtiendo, previendo y conduciendo este cambio hacia su ‘mercado’, considerando a las personas únicamente como ‘clientes’ que deben pagar por sus servicios y donde la participación ciudadana brilla por su ausencia.

Dentro de este contexto, suelo recurrir al término “empoderamiento“: la gente debe tener el control y tener las capacidades adecuadas para ejercerlo, decidir sobre lo que se va a hacer en su comunidad, involucrarse en su implantación y participar en su gestión posterior. Debe potenciarse tanto en la ‘fase de identificación’ como dejar las bases para la ‘fase de operación’. Es la forma de que ese proyecto energético, no solo se ejecute con éxito, sino que se sirva para el desarrollo de la comunidad.

Todo proyecto de participación pasa por establecer lazos o fortalecer, si fuera necesario, el tejido asociativo de la comunidad. Afortunadamente, en Madrid lo tenemos muy fuerte y muy vinculado a las necesidades de los barrios. Es imperativo para las cooperativas eléctricas entrar en comunicación y crear los mencionados vínculos para conocer las necesidades y en qué podemos ser una palanca de desarrollo. Podemos acercarnos con nuestro conocimiento, con nuestras capacidades y con nuestras propuestas, pero es, en diálogo con las asociaciones, con las organizaciones de barrio y directamente con los ciudadanos, donde podemos identificar correctamente las necesidades.

Podemos ofrecer servicios de suministro eléctrico, pero debemos explicar las pocas posibilidades que nos deja el mercado para adaptar las tarifas u otros mecanismos a las situaciones particulares y a los tipos de consumidores (residencial, PYMES, comercios). Debemos desarrollar las capacidades de la gente para que sea capaz de optimizar su factura y, aunque es muy habitual la típica charla sobre “entiende tu factura eléctrica”, quizás no sea la forma más efectiva de conseguirlo. Debemos conseguir que en la propia comunidad existan personas (quizás tú o quizás tu vecino) que sean capaces de ir más allá; no solo entender la factura sino poder auditarla.

Se anticipa un futuro en el que el autoconsumo va a ser clave en el sector energético a escala nacional. Sin embargo, también puede ser una herramienta transformadora en la escala local. Si optimizar tu factura puede generar ahorros, ser productor de (parte de) tu propia energía puede llevar esos ahorros a otro nivel. Una cooperativa energética local debe ser capaz de colaborar con la comunidad para que esas estrategias lleguen a sus habitantes y favorezcan sus desarrollo en vez de reservarse únicamente para las grandes empresas o sus intereses meramente comerciales.

A su vez, las tecnologías de autoconsumo brindan una oportunidad magnífica para favorecer iniciativas de formación y autoempleo, así como favorecer el desarrollo de pequeñas empresas implantadas en la comunidad. Las cooperativas de comercialización eléctrica podemos y debemos ser los facilitadores de este empoderamiento. Las comercializadoras podemos desarrollar las actividades formativas necesarias, podemos establecer lazos entre los socios y las empresas instaladoras locales para identificar las necesidades que puedan cubrirse con autoconsumo y podemos desarrollar herramientas de financiación, ya sea con fondos propios o con otros mecanismos (por ejemplo, el micromecenazgo).

La movilidad también está sufriendo una transformación. La ciudadanía de Madrid está reclamando una movilidad más respetuosa con el medio ambiente pero también, con los propios ciudadanos y los espacios que ocupan. Y el transporte requiere energía ¿Cómo queremos alimentarla? ¿Cómo nos adaptamos a esta nueva movilidad sin que sea una mera sustitución de un transporte devorador de petróleo a un devorador de electricidad?

Vivimos un momento muy apasionante para el empoderamiento energético y las cooperativas eléctricas podemos ser claves en el desarrollo local de las comunidades, pero necesitamos acercarnos a ellas, establecer lazos y trabajar de forma muy cercana para identificar las necesidades correctamente. ¿Nos ayudas a acercarnos a tu barrio?

Nota: las gráficas y esquemas están sacados del curso on-line de Ingeniería Sin Fronteras sobre “Energía y Cooperación para el Desarrollo